Universidad
Vizcaya de las Américas
Sociología
de la educación
April
Martha Morales

Biografía
de Iván Illich
IVAN
ILLICH
(1926–)
La presentación de un
educador como Iván Illich no es tarea fácil. Se trata, en primer lugar, de un
pensador ubicado en un contexto histórico particular, como es el de los años
60. Un período caracterizado por la crítica radical al orden capitalista y a
sus instituciones sociales. Entre éstas, la escuela. Se trata, además, de una
personalidad compleja. Por aquellos años se decía de Iván Illich que era un
hombre inteligente que gustaba de rodearse de gente inteligente y se le hacía
difícil ocultar su desprecio por lo que él consideraba estupidez. Podía ser el
hombre más cordial en su trato o poner brutalmente en ridículo a quienes lo
interpelaban. Trabajador incansable, políglota, cosmopolita, sus ideas, ya
fueran sobre la Iglesia y sus cambios, la cultura y la educación, la medicina o
el transporte en las sociedades modernas, generaron controversias que acabaron
transformándolo en uno de los personajes de su época. Sin embargo, el propio
Illich provocaba en parte las controversias: su personalidad, su estilo, sus
métodos de trabajo, la radicalidad de sus ideas. De hecho, para los educadores,
Illich es el padre de la educación desescolarizada, el autor que condena de
manera irreductible el sistema escolar y las escuelas caracterizándolas como
una de las múltiples instituciones públicas que ejercen funciones anacrónicas
que no se ajustan a la velocidad de los cambios y sólo sirven para dar
estabilidad y proteger la estructura de la sociedad que las produjo.
Origen
y destino
Ex sacerdote, Iván Illich,
nacido en Viena el año l926, estudió en las Escuelas Pías desde l931 a l941.
Expulsado en virtud de la aplicación de las leyes antisemitas que le afectaban
por ascendencia materna, terminó sus estudios secundarios en la Universidad de
Florencia para luego cursar teología y filosofía en la Universidad Gregoriana
de Roma y, con posterioridad, obtener un doctorado en historia en la
Universidad de Salzburgo. Aunque escogido por el Vaticano para la carrera
diplomática, Illich optó por el ministerio pastoral, siendo nombrado
vicepárroco de una iglesia de feligresía irlandesa y puertorriqueña en Nueva
York. Allí permaneció desde 1951 a 1956. En l956 abandonó Nueva York para
asumir el cargo de vicerrector de la Universidad Católica de Ponce en Puerto
Rico. Su interés por fortalecer la comunicación de lo que denominaba
“sensibilidad intercultural” lo llevó a crear, al poco tiempo de su
nombramiento, el Instituto de Comunicación Intercultural. Dicho instituto, que
funcionaba sólo durante los meses de verano, se dedicaba inicialmente a la
formación en español de religiosos y laicos americanos que luego trabajarían
entre los puertorriqueños emigrados a las ciudades norteamericanas. Allí, si
bien el aprendizaje del español consumía parte importante de las actividades
del instituto, Illich insistía en que la esencia del programa consistía en
desarrollar la habilidad de percibir el significado de las cosas en la gente
proveniente de culturas diversas.2 Su relación con la Universidad de Ponce
terminó en l960 a raíz de un desacuerdo con el obispo de la diócesis que había
prohibido a los católicos de su jurisdicción votar por un candidato a
gobernador que se proclamaba partidario del control de la natalidad. De regreso
a Nueva York, aceptó una cátedra como profesor de la Universidad de Fordham. Al
mismo tiempo, como una forma de continuar profundizando en el desarrollo y
fortalecimiento de las relaciones interculturales, Illich fundó, en l961, el
Centro Intercultural de Documentación (CIDOC) en la ciudad de Cuernavaca,
México. El CIDOC se concibió con el propósito de capacitar a misioneros
americanos para su trabajo en América Latina. A la larga, sin embargo, acabó
transformándose en un centro paraacadémico donde, además, se ponían en práctica
las ideas de Illich sobre la educación desescolarizada. Desde el año de su
creación hasta mediados de los 70, el CIDOC fue un lugar de encuentro para
muchos intelectuales americanos y latinoamericanos dedicados a la reflexión
sobre la educación y la cultura. Allí se impartían cursos de español y se
organizaban talleres sobre temas sociales y políticos. El Centro contaba con
una biblioteca de reconocido prestigio e Illich dirigía personalmente
seminarios sobre alternativas institucionales en la sociedad tecnológica. De esa
época datan los famosos y acalorados debates entre Paulo Freire e Iván Illich
sobre educación, escolarización y concientización, así como los diálogos entre
Illich y otros pensadores de la educación ocupados en la búsqueda de
oportunidades educativas para transformar cada momento de la vida en un momento
de aprendizaje, generalmente al margen del aparato escolar. De esa época data
la notoriedad de Illich. Y comienza a raíz de la crítica que hace de la Iglesia
católica, a la que caracteriza como una gran empresa que forma y emplea a
profesionales de la fe para asegurar su propia reproducción. Luego extrapola
esta visión hacia la institución escolar y enuncia la crítica que lo llevaría,
por algunos años, a trabajar en la propuesta de una sociedad desescolarizada.
Sus opiniones acerca de la necesidad de liberar a la Iglesia de la burocracia y
de la desescolarización de la sociedad pronto hicieron del CIDOC un centro de
controversia eclesiástica, por lo que Illich secularizó el Centro en l968 y
abandonó su carrera sacerdotal en l969. En este período, Illich elabora lo que
podría denominarse su pensamiento educativo. De hecho, entre fines de los 60 y
mediados de los 70, el autor publica sus principales obras en este campo.
Posteriormente cambia de perspectiva, pasando del análisis de los efectos de la
escolarización sobre la sociedad al de los problemas institucionales en las
sociedades modernas. Hacia mediados de los 70, aunque sigue residiendo en
México,. Illich dirige sus escritos a la comunidad académica internacional y se
aleja gradualmente de América Latina. Al finalizar dicha década, Illich deja
definitivamente México para residir en Europa.
La
obra educativa de Illich
CRÍTICA A LA ESCUELA Y
DESESCOLARIZACIÓN DE LA SOCIEDAD
Los escritos educativos de
Iván Illich son, por una parte, recopilaciones de artículos e intervenciones
públicas reproducidas en diversos idiomas y, por otra, sus obras sobre temas
como la educación, la salud y los transportes, así como sobre las formas
posibles de reorganizar la sociedad futura, también difundidas a nivel
internacional. Su famoso texto: “La escuela, esa vieja y gorda vaca sagrada: en
América Latina abre un abismo de clases y prepara una élite y con ella el
facismo” (CIDOC, l968) inicia la serie de trabajos en el ámbito de la
educación. En él Illich formula una violenta crítica a la escuela pública por
su centralización, su burocracia interna, su rigidez y, sobre todo, por las
desigualdades que encubre. Más tarde, estas ideas iniciales serán elaboradas
con mayor profundidad y publicadas en el libro titulado En América Latina,
¿para qué sirve la escuela? (l973).3 Ambos escritos cristalizan en lo que se
considera una de las obras más importantes de Illich, La sociedad
desescolarizada, publicada originalmente en inglés (l970) y más tarde en
español (l973). En esta obra, Illich trata cuatro ideas centrales que son las
que impregnan su discurso educativo en general: La educación universal por
medio de la escolarización no es viable y no lo sería más si se intentara
mediante instituciones alternativas construidas según el modelo de las escuelas
actuales; Ni unas nuevas actitudes de los maestros hacia sus alumnos, ni la
proliferación de nuevas herramientas y métodos, ni el intento por ampliar la
responsabilidad de los maestros hasta que englobe las vidas completas de sus
alumnos dará por resultado la educación universal. La búsqueda actual de nuevos
embudos educacionales debe revertirse hacia la búsqueda de su antítesis
institucional: tramas educacionales que aumenten las oportunidades de aprender,
compartir, interesarse. No sólo hay que desescolarizar las instituciones del
saber, sino también el ethos de la sociedad. Ahora bien, el interés de Illich
por la escuela y los procesos de escolarización surge a raíz de su trabajo
educativo en Puerto Rico y, más específicamente, con educadores americanos
preocupados por el rumbo que ven tomar a las escuelas públicas en su país. El
propio Illich consigna esto cuando señala, en la introducción de La educación
desescolarizada, que debe a Everett Reimer el interés que tiene por la
educación pública agregando que, “hasta el día de l958 en que nos conocimos en
Puerto Rico, jamás había puesto en duda el valor de hacer obligatoria la
escuela para todos. Conjuntamente hemos llegado a percatarnos que, para la
mayoría de los seres humanos, el derecho a aprender se ve restringido por la
obligación de asistir a la escuela” 2 . Escolarización y educación se vuelven,
desde entonces, conceptos antinómicos para el filósofo. Pasa así a denunciar la
educación institucionalizada y la institución escolar como productoras de
mercancías con un determinado valor de cambio en la sociedad, donde se
benefician más quienes ya disponen de un capital cultural inicial. Con base en
esta premisa general, Illich sostiene que el prestigio de la escuela como
proveedora de servicios educativos de calidad para la población en su conjunto
descansa en una serie de mitos que define.
EL MITO DE LOS VALORES
INSTITUCIONALIZADOS
Este mito, según Illich, se
funda en la creencia de que el proceso de escolarización produce algo de valor
y, por consiguiente, genera una demanda. En el caso de la escuela, se asume que
ésta es productora de aprendizajes y que la existencia de escuelas produce una
demanda de escolaridad. Illich sostiene que la escuela enseña que el resultado
de la asistencia es un aprendizaje valioso, que el valor del aprendizaje
aumenta con la cantidad de información de entrada y que este valor puede
medirse y documentarse mediante grados y diplomas. Postula, en contraposición,
que el aprendizaje es la actividad humana que menos manipulación de terceros
necesita. Que la mayor parte del aprendizaje no es consecuencia de la
instrucción, sino el resultado de una participación de los educandos en el
contexto de un entorno significativo y, sin embargo, la escuela les hace
identificar su desarrollo cognitivo personal con una programación y
manipulación complicadas.
EL MITO DE LA MEDICIÓN DE
LOS VALORES
Según Illich, los valores
institucionalizados que infunde la escuela son valores cuantificables. Pero,
para él, el desarrollo personal no es mensurable con base en los patrones de la
escolaridad y, una vez que las personas aceptan la idea de que los valores
pueden producirse y medirse, tienden a aceptar toda clase de clasificaciones
jerárquicas. “Las personas que se someten a la norma de otros para la medida de
su propio desarrollo personal, escribe Illich, pronto se aplican el mismo
patrón a4 sí mismos. Ya no es necesario ponerlos en su lugar, pues se colocan
solos en sus casilleros correspondientes, se comprimen en el nicho que se les
ha obligado a buscar y, en el curso de este mismo proceso, colocan asimismo a
sus prójimos en sus lugares, hasta que todo y todos encajan”3. .
LOS MITOS DE LOS VALORES
ENVASADOS
La escuela vende currículum, dice Illich, y el
resultado del proceso de producción de currículum se asemeja a cualquier otro
artículo moderno de primera necesidad. El distribuidor-profesor entrega el
producto terminado al alumno-consumidor, cuyas reacciones son cuidadosamente
estudiadas y tabuladas a fin de proporcionar datos para las investigaciones que
servirán al modelo siguiente que podrá ser “des graduado”, “concebido para el
alumnado”, “con ayudas visuales” o “centrado en temas”.
EL MITO DEL PROGRESO ETERNO
Al hablar de consumo, Illich
habla también de producción y crecimiento. Y relaciona estos factores con la
carrera por las calificaciones, los diplomas y los certificados, ya que cuanto
mayor es la proporción de calificaciones educativas, mayores son las
posibilidades de acceder a mejores ocupaciones en el mercado laboral. Este es,
para Illich, un mito sobre el cual se basa en gran parte el funcionamiento de
las sociedades de consumo, siendo su mantención parte importante del juego de
la regulación permanente. Su ruptura, según Illich, “pondría en juego la
supervivencia no sólo del orden económico construido sobre la coproducción de
bienes y demandas, sino también del orden político construido sobre la
nación-Estado”4 . Se enseña a los estudiantes-alumnos a ajustar sus deseos a
los valores comercializables sin que, en este circuito de progreso eterno,
pueda conducir jamás a la madurez. Illich concluye señalando que la escuela no
es la única institución moderna cuya finalidad primaria es moldear la visión de
la realidad en el hombre. En ello inciden otros factores que guardan relación
con el origen social y el entorno familiar de las personas, los medios de
comunicación y las redes informales de socialización. Ellos son, entre otros,
elementos clave en la conformación de pautas de conducta y de valores. Pero,
para Illich, la escuela es la que esclaviza más profunda y sistemáticamente,
puesto que sólo a ella se le acredita la función de formar el juicio crítico,
función que, paradójicamente, trata de cumplir haciendo que el aprender, ya sea
sobre sí mismo, sobre los demás o sobre la naturaleza dependa de un proceso
prefabricado. En su estilo, polémico y provocador, Illich defiende las
afirmaciones anteriores señalando que, a su juicio, “la escuela nos alcanza de
manera tan íntima que ninguno puede esperar ser liberado de ella mediante algo
externo”5 . Y agrega, “La escolaridad, la producción del saber, el marketing
del saber, que es lo que constituye la escuela, lleva a la sociedad a la trampa
de pensar que el saber es higiénico, blanco, respetable, desorodificado,
producido por las cabezas humanas y acumulado como stock. Yo no veo ninguna
diferencia entre el desarrollo de estas actitudes hacia el saber en los países
ricos o pobres. De intensidad sí, está claro. A mí me interesa mucho más
analizar cuál es el impacto oculto de la estructura escolar sobre una sociedad;
y este impacto veo que es igual o tiende a ser igual, para ser más precisos. No
importa la estructura del currículum explícito, no importa si la escuela es
pública, si existe en un Estado de monopolio de escuela pública, o en un Estado
en el que se tolera o hasta se fomentan las escuelas privadas. Es igual en
países ricos que en países pobres y se podría describir de la manera siguiente:
si en una sociedad se pretende que este ritual, que describí como escolaridad,
sirva para la educación [...] entonces los miembros de esta sociedad, que
establece como obligatorio el sistema escolar, aprenden que es discriminable el
autodidacto, aprenden que el aprendizaje, el crecer de las capacidades cognoscitivas,
requieren de un proceso de consumo de servicios traducidos en forma industrial,
en forma planificada, profesional [...] Aprenden que el aprendizaje es una cosa
más que una actividad. Una cosa que5 puede acumularse y medirse, y según la
posesión de la cual, se puede medir la productividad del individuo dentro de la
sociedad. O sea, su valor social...”6 . Del anterior análisis se desprenden las
estrategias que Illich propone para la desescolarización de la educación y la
enseñanza. Estrategias que él mismo experimentó con jóvenes y adultos que
participaban en los talleres y actividades del CIDOC en Cuernavaca y a las
cuales nos referiremos más adelante.
LA CONVIVENCIALIDAD
Las obras que siguen a La
sociedad desescolarizada trascienden la educación para inscribirse en una
perspectiva más amplia de reorganización de la sociedad y del trabajo en
función de las necesidades humanas. Tal es el caso de La convivencialidad
(l974), Energía y equidad (1974) y Némesis médica: la expropiación de la salud
(l975). En los dos últimos escritos el autor plantea que, así como la escuela
“deseduca”, la medicina institucionalizada ha llegado a constituirse en un
grave problema para la salud. También recurre al ejemplo del transporte para
ilustrar sus reflexiones sobre la expansión del progreso y el bienestar, que,
particularmente en los países industrializados, conduce al despilfarro y a la
disminución de la capacidad de utilización de todo tipo de energía. Némesis
médica y Energía y equidad dan cuenta de su pensamiento en estas materias. Con
estas obras, además, Illich se aleja de la educación y de la escuela para
proyectarse hacia el análisis de problemas políticos e institucionales que
afectan a las sociedades modernas, altamente tecnificadas y estratificadas, a
los que pueden no escapar en el futuro los países que basan su desarrollo en el
mismo modelo utilizado por los países industrializados. En la La
convivencialidad, en cambio, Illich propone una teoría acerca de los límites de
crecimiento de las sociedades industrializadas y plantea una nueva posibilidad
de organización de las mismas a las que se llega, entre otros caminos, a través
de un nuevo concepto del trabajo y una “desprofesionalización” de las
relaciones sociales en las cuales la educación y la escuela no se encuentran
ausentes. Las instituciones convivenciales, tal como las define Illich, se
caracterizan por su vocación de servicio a la sociedad, por el uso espontáneo y
la participación voluntaria en ellas de todos los miembros de la sociedad. En
este sentido, Illich denomina sociedad convivencial “aquélla en que la
herramienta moderna está al servicio de la persona integrada a la colectividad
y no al servicio de un cuerpo de especialistas”. Y agrega, “convivencial es la
sociedad en que el hombre controla la herramienta”7 . La existencia de una
sociedad convivencial no implica la total ausencia de las instituciones —a las
que Illich caracteriza como manipuladoras— ni que se pueda disfrutar de
determinados bienes y servicios. Lo que Illich propone es la existencia de un
equilibrio entre aquellas instituciones que generan demandas que pueden ser
satisfechas por ellas mismas y las instituciones que apuntan a satisfacer el
desarrollo y la realización de las personas. Una sociedad convivencial,
sostiene Illich, “no está a favor de la desaparición de todas las escuelas,
sino de aquéllas que transforman el sistema escolar en uno que penaliza a sus
desertores. Uso la escuela como un ejemplo que se repite en otros sectores del
mundo industrial […] Parto de una observación análoga a la que hice sobre las
dos formas de institucionalizar en una sociedad. En toda sociedad hay dos
formas de realizar fines específicos, como la locomoción, la comunicación entre
la gente, la salud, el aprendizaje. Uno, que llamo autónomo, y otro, que llamo
heterónomo. En el modo autónomo, yo me muevo. En el heterónomo, se me encierra
en un asiento para transportarme. En el modo autónomo, yo me curo y tú me
asistes en mi parálisis y yo te asisto en tu parto […] En cada sociedad y en
cada sector, la eficacia con que la meta del sector se realiza, depende de una
interacción entre el modo autónomo y el heterónomo” 8 .6 Es importante destacar
que Illich no ataca un sistema o un régimen político determinado, sino el modo
de producción industrial y las consecuencias que éste acarrea para la
humanidad. Su tesis central, en este sentido, es que “existen características
técnicas en los medios de producción que hacen imposible su control en un
proceso político. Sólo una sociedad que acepta la necesidad de escoger un techo
común a ciertas dimensiones técnicas en sus medios de producción tiene
alternativas políticas”9 . Sobre estas dimensiones llama la atención de los
países en desarrollo y desde ella formula desafíos a la educación. Lo anterior
queda de manifiesto cuando Illich propone su tesis de la convivencialidad,
donde el énfasis está puesto en un llamamiento de atención a los países en
desarrollo sobre la conveniencia e inconveniencia de adoptar un estilo de
desarrollo como el de los países industrializados. En el momento en que propone
sus ideas, la mayoría de estos países, y en particular los de América Latina,
no han alcanzado un estadio de desarrollo como el de los países desarrollados
y, en la visión de Illich, éstos aún están a tiempo para dar marcha atrás,
redefinir los objetivos y las prioridades del desarrollo y optar por estilos
más equitativos, participativos y abiertos a la preservación de equilibrio
natural y de las relaciones convivenciales. “Si los países pobres definen
criterios de limitación a la instrumentación, emprenderán más fácilmente su
reconstrucción social y, sobre todo, accederán directamente a un modo de
producción postindustrial y convivencial. Los límites que deberán adoptar son
del mismo orden que aquéllos que las naciones industrializadas deberán aceptar
para sobrevivir: la convivencialidad, accesible desde ahora a los
“subdesarrollados”, costará un precio inaudito a los “desarrollados”10 .
Palabras que, escritas por Illich a mediados de los 70, se asemejan mucho a las
que se utilizan en la actualidad para señalar que, a menos de diez años del fin
del siglo, los países del Norte y del Sur, del Este y del Oeste se dan cuenta
de que forman una unidad y que tienen más cosas en común de lo que pensaban.
Los problemas del medio ambiente y los desequilibrios ecológicos afectan por
igual a unos y otros, el deterioro de la calidad de vida afecta indistintamente
a los países desarrollados y a los que aún procuran alcanzar un desarrollo
sólido y estable. A todos preocupa por igual la calidad y pertinencia de los
aprendizajes adquiridos dentro o fuera del aparato escolar y para nadie es un
misterio que escuela y educación están lejos de haberse adaptado a la velocidad
de los cambios científicos y tecnológicos, así como a las necesidades más inmediatas
de las personas que requieren de ella para desenvolverse en el mundo actual. De
hecho, la búsqueda de soluciones a estos problemas ya no está sólo en manos de
los países desarrollados y en esto Illich tenía mucho de razón. En la
actualidad, los países en desarrollo no sólo forman parte de los problemas
mundiales, sino que también están vinculados a sus soluciones. Quizás no sea la
sociedad convivencial la respuesta a estos problemas. Pero no puede dejar de
reconocerse que Illich apuntó a temas como éstos hace casi tres décadas. Sea
por el contexto ideológico en que estas ideas surgieron y se desarrollaron, por
la falta de un sustrato teórico que las sustentara o por la propia personalidad
de Illich, los temas de la desescolarización de la sociedad y la construcción
de una sociedad convivencial no prendieron como debían, ni se continuó
profundizando en una línea de pensamiento que podría haber dado mejores frutos.
Alternativas
Décadas más tarde,
decantando el pensamiento de Illich de las pasiones propias del contexto,
resulta interesante constatar lo sugerentes que resultan algunos de sus
planteamientos y propuestas. Los temas abordados por Illich bajo el prisma de
un cambio de visión, un cambio de motivación y un cambio entre lo que denomina
como los instrumentos, la estructura y los medios materiales de producción, son
hoy temas recurrentes cuando se alude a los avances logrados en materia
científica y tecnológica, el desarrollo de la informática y su impacto sobre la
vida cotidiana, la privatización de los servicios públicos, entre ellos la
salud, la educación, el transporte.7 En términos de estrategias, y situándonos
nuevamente en el marco del momento en que Illich las formulara, éste sostenía
que “sin excluir discusiones sobre buenas motivaciones y visiones correctas, la
discusión que se debe estimular en este momento histórico es el análisis
comunitario y político de los materiales de producción. Veo la alternativa
social en una consciente limitación de la técnica a aquellas aplicaciones que
son de veras eficaces. Quiero decir, las limitaciones de velocidades en los
transportes que no producen más distancias de las que superan. La limitación
del acto médico a aquellos procedimientos que [...] no producen más daños a la
salud que beneficios. La limitación de los instrumentos de comunicación a
aquellos tamaños que no producen por definición más ruidos que mensajes,
mensaje utilizable para el acto vital que llamo conocimiento. Ahora bien, no
veo para qué la institución escuela universal, que es una institución que se
hizo necesaria hace unos ochenta años, tiene que continuar y tiene que
preocuparnos”11 . Lo que en este caso preocupa a Illich, como a otros
educadores de la época, no es la práctica pedagógica en sí, sino el impacto de
la escolarización sobre la sociedad y la forma de promover una educación que
“se pregunte en qué condiciones puede florecer la curiosidad de las personas”
12 . A este interrogante responde argumentando que un buen sistema educacional
debería tener tres objetivos. El primero, proporcionar a todos aquellos que lo
deseen el acceso a recursos educacionales disponibles en cualquier momento de
sus vidas. Segundo, dotar a todos los que quieran compartir lo que saben del
poder de encontrar a quienes quieran aprender de ellos y, tercero, dar a todo
aquel que quiera presentar al público un tema de debate la oportunidad de dar a
conocer sus argumentos. Piensa que no más de cuatro, y posiblemente tres,
tramas o redes de intercambio podrían contener todos los recursos necesarios
para el aprendizaje efectivo. A la primera la denomina “servicios de referencia
de objetos educativos”. Su propósito es facilitar el acceso a cosas o procesos
utilizados para el aprendizaje formal. Entre algunos ejemplos menciona las
bibliotecas, laboratorios y salas de exposición como museos y teatros. Como
también elementos que pueden estar en uso cotidiano en fábricas, aeropuertos y
lugares públicos, pero a disposición de potenciales estudiantes, sea como
aprendices en el lugar de trabajo, o en horas de descanso. A la segunda la
denomina “catastro de actividades” y es la que permitiría a las personas
establecer una lista de sus habilidades y competencias, las condiciones según
las cuales están dispuestas a servir de modelos a otros que quieran aprender
adquirirlas y las formas en que pueden comunicarse para tales efectos. Como
tercera trama, Illich propone el “servicio de búsqueda al compañero”, entendida
como una red de comunicaciones que permita a las personas describir la
actividad de aprendizaje a la que desea dedicarse para así hallar un compañero
junto al cual iniciar su desarrollo. Por último, Illich propone una cuarta
trama a la que denomina “servicios de referencia respecto de educadores
independientes” y que consiste en un catálogo que indique las direcciones y
descripciones, hechas por ellos mismos, de profesionales, paraprofesionales e
independientes, juntamente con las condiciones de acceso a sus servicios.
Dichos educadores pueden elegirse indagando o consultando a sus clientes
anteriores. En la actualidad, esta propuesta educativa, si bien no ha llegado a
materializarse en el sistema escolar, se utiliza bajo distintos nombres en la
educación no formal de jóvenes y adultos, en la educación permanente y en otros
campos que admiten la educación desescolarizada. Y, en la práctica, es cada vez
más frecuente oír hablar de la existencia de redes formadas por quienes desean
compartir conocimientos de tipo universal, crear vínculos para el intercambio
de experiencias así como crear y fortalecer las capacidades de desarrollo
autónomo, innovar y aprender de la experiencia acumulada. Si se observa
alrededor existen, en la actualidad, innumerables bancos de datos, se crean
cada vez más redes de investigación e intercambio de informaciones y se
utiliza, cada vez con8 mayor frecuencia, la capacidad de los recursos humanos
con las más diversas competencias para participar con sus conocimientos en la
solución de los grandes problemas de la humanidad. Paradójicamente, sólo la
escuela parece mantener su mismo ritual y rutina, denunciado por Illich y otros
educadores de su generación. Transformarla requerirá de una verdadera
revolución, quizás generada por los cambios que se producen en el conjunto de
la sociedad en los dominios de la economía, la agricultura, la energía, la informática,
la salud, las condiciones de vida y de trabajo, incluyendo aquí la
superpoblación, el desempleo, la pobreza y los beneficios que deben asociarse a
ellas de aspirar a un estilo de desarrollo armónico donde la supervivencia de
la humanidad dependa de la capacidad de creación, libertad y pasión que en este
empeño pongan todos y cada uno de sus miembros.
A modo de conclusión Illich
puso mucho de lo anterior en su práctica y en sus escritos. Quizás su error
estuviera en hacer de la escuela el blanco de una condena absoluta. La
radicalidad de su denuncia le impidió construir una estrategia realista para
aquellos educadores e investigadores que pudieran sumarse a su protesta. Por
otra parte, en sus escritos, Illich trabajó básicamente sobre intuiciones, sin
que haya mayores referencias a la experiencia acumulada en el campo de las
teorías socioeducativas o del aprendizaje. Su crítica surge y se desarrolla en
un vacío teórico, lo que puede explicar la poca validez que se atribuye a su
concepción y a su propuesta educativa en la actualidad. De hecho, muchos acusan
a Illich de ser un pensador utópico, a lo que se suma su temprano retiro del
ámbito del debate educativo general. Quizás una inserción más efectiva añadida
al desarrollo de estrategias viables para llevar a la práctica sus ideas y un
referencial teórico sólido que las sustentase podría haber conducido a este
autor por derroteros distintos. Esto no obsta, sin embargo, para reconocer que
Illich fue uno de los pensadores de la educación que contribuyó a dinamizar el
debate educativo de los años 60 y sentó precedentes para pensar una escuela más
atenta a las necesidades de su entorno, a la realidad de sus alumnos y al
aprendizaje efectivo de contenidos educativos relevantes para la vida en
sociedad. Si bien la radicalidad de su crítica no permitió aprovechar algunas
ideas de validez universal, tanto para el sistema escolar como para otras
instituciones de servicio público, es preciso reconocer que ellas influyeron en
un considerable número de educadores, provocando un movimiento más amplio por
la desescolarización de la enseñanza que trascendió el contexto histórico en
que se generaran las ideas de Illich para proyectarse en políticas y programas
conducentes a superar la endémica crisis de los sistemas escolares y
extraescolares en general.
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